Mi primera FIV

Mi instinto maternal tardó un poco al despertar. A los 30 años mientras mis amigas empezaban a tener sus primeros hijos, yo solo pensaba en viajar por el mundo y huir de la rutina a toda costa. Mi lista de prioridades era un poco distinta a la que me habían inculcado a lo largo de la vida, pero qué carajos ¡solo se vive una vez! así que dejé un trabajo que me encantaba para vivir una experiencia aún más increíble: viajar 8 meses por el mundo. Luego la aventura la alargaría un año más viviendo en Chile pero esto es otra historia que poco tiene que ver con la fertilidad.

Volviendo el tema, después de dos años increíbles mi reloj biológico empezó a despertar poco a poco, primero con un tímido TIC, TAC pero a los 33 años ¡BOOOM! estalló como una bomba. Así que mi marido y yo nos pusimos a por la labor. Los primeros 6 meses fueron muy relajados. Sin presión. Quería evitar a toda costa obsesionarme. Pero a partir del 7 mes empecé a sufrir un pelín. Esto de la búsqueda ya no resultaba tan divertido. ¿Y si teníamos algún problema?

Dejamos pasar el año recomendado sin ningún triste positivo mientras veía como mis amigas se iban embarazando al ritmo que crecía mi angustia. Definitivamente había llegado la hora de empezar a buscar respuestas.

Elegimos la Clínica Barcelona IVF sin dudarlo demasiado. Tras informarnos en la Dexeus vimos que no queríamos pasar por un MacBaby  y que preferíamos una clínica más pequeña que nos ofreciese un trato personalizado, un excelente equipo médico y un laboratorio de la leche. Y así empezamos con las típicas pruebas: cariotipos, reserva ovárica, enfermedades, seminograma… Convencidos de que algo estaría mal, alucinamos al ver que no había nada ginecológicamente que impidiese el embarazo. Todo estaba más que correcto. Aun así, cansados de seguir intentando hacer puntería, decidimos someternos a una FIV.

Tras la decisión tomada, empecé a hormonarme como los pollos. No recuerdo la medicación pero sinceramente creo que no me afectó lo más mínimo y me ayudó a empezar a perderle miedo a las agujas. Estábamos ilusionados, y aunque bastante cagados por si algo salía mal, nuestro pronóstico pintaba de lo más esperanzador. ¿Qué podía fallar?

El día de la punción fue de maravilla, me sacaron 13 óvulos, 11 sobrevivieron y 11 llegaron al estado de blastocisto. ¡Podíamos montar un equipo de fútbol! Aquella misma semana hicimos la primera transferencia en frescos y me enfrenté a mi primera betaespera. El resultado. Un falso negativo. El motivo. Un embarazo ectópico que tuvimos que parar vía medicación tras muuuuchos análisis de sangre y ver que el embrión seguía allí agarrado semana tras semana.

Después de este primer intento en el que nos enfrentamos a la realidad, vinieron dos transferencias más con sus respectivos positivos y también sus respectivos abortos bioquímicos. Algo fallaba y yo sospechaba que no era un problema ginecológico. Pero, ¿qué narices podía ser? Todos los médicos insistían en que todo estaba bien. Así que empecé a investigar por mi cuenta otros casos como el mío. Seguro que alguien más habría pasado por lo mismo. Pero esto os lo contaré en el próximo post para no alargarme tanto en el de hoy.

Solo os diré que fue un año muy duro y mal gestionado por mi parte. Mi angustia, vergüenza, envidia, frustración, miedo y tristeza afectaron mi relación con algunos de mis amigos de los que me alejé. No quería compartir mi situación ni que se hablara de mí.

Sin embargo, de lo que más me arrepiento de aquel año fue dejarme llevar por el miedo a no ser nunca madre, dejar pasar tanto tiempo entre transferencia y transferencia y no informarme de manera proactiva de todo lo que aún me quedaba por hacer. Ya os conté en el primer post que las más interesadas en conseguir el embarazo somos nosotras mismas, por lo que os animo a que pidáis siempre como mínimo una segunda opinión y os informéis bien de tooooodoo.

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